El Amor de Dios nos salva.

Hace ya algún tiempo recibí la historia en un correo electrónico sobre un niño en Florida que fue rescatado de las fauces de un cocodrilo por su madre. Un señor que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mató al animal. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aún pudo llegar a caminar. Cuando salió del trauma, un periodista le preguntó si le quería enseñar las cicatrices de sus pies. El niño levantó la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remangó las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos, y le dijo: “Pero las que usted debe ver son estas”. Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza. “Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida”.

Al igual que ese niño, nosotros también tenemos las cicatrices de las mordidas de cocodrilo que la vida nos ha dado y esos cocodrilos tienen nombres comunes: abandono, pobreza, violación, abuso de cualquier tipo, enfermedad, traición, vicios, violencia, hogares disfuncionales, padres irresponsables, humillación, soledad, etcétera. Junto a esas cicatrices hay otras más pequeñas que fueron producidas por el amor de nuestros progenitores, o tutores, en su trabajo de formarnos como personas honestas, entes útiles a nuestra sociedad.

Ya sean heridas abiertas o cicatrices que te recuerden el dolor vivido, yo te invito hoy a verlas desde una nueva perspectiva: como las heridas y cicatrices que el amor de esas personas nos dejaron mientras luchaban por rescatarnos de las mordidas del cocodrilo de la indisciplina, del irrespeto, de la deshonestidad, de la delincuencia, de los vicios. ¿Que los métodos no fueron agradables, que se equivocaron…? sí, eso no está en discusión, pero lo hicieron tratando de hacer lo mejor que podían con lo que tenían a la mano, lo hicieron entendiendo que hacían lo mejor para nosotros, o simplemente actuando desde el miedo que el cocodrilo que tenían enfrente les causaba. Considera cada herida, cada cicatriz como una insignia de la batalla de amor que tus progenitores o tutores libraron para salvarte de los cocodrilos que atacaban tu vida, o la de ellos.

Pero existe un amor mayor que el de nuestros padres, es el amor de Dios, el amor ilimitado y omnipresente que Dios es. Entonces surge una pregunta para reflexión: ¿cuáles son las cicatrices que el amor de Dios ha dejado en tu vida? La respuesta es la misma para todos: El amor de Dios no deja cicatrices. Porque el amor de Dios no hiere, no lastima, no lacera, no humilla, no abusa, no impone, no viola, no obliga, porque el amor de Dios es y fue entregado a cada una de sus criaturas “desde antes que el mundo fuera”. Dios te ama ahí donde estás, tal y como eres, sin juzgarte, sin miedos porque con amor eterno te ama, porque Su naturaleza es amor y no tiene otra alternativa que amarte, porque te conoce, porque te creó y sabe que sustancia suya eres y por lo tanto eres inherentemente bueno.

En conclusión, no importa si el amor en tu vida ha estado mezclado con miedo y ha provocado heridas y dejado cicatrices, o si ha sido perfeccionado y se ha hecho tan sutil, profundo y genuino como el amor de Dios; lo que importa es que estemos conscientes de que hemos recibido amor, de que estamos constantemente recibiendo amor y es nuestro compromiso dar amor ya que por medio de éste podemos lograr los cambios que sanan nuestras heridas y borran nuestras cicatrices y así alcanzamos el tipo de comprensión al que Jesús se refirió como “nacer de nuevo”.

Por: Millicent Payano Tolentino

Listin Diario

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